Las pobres bestias de carga apenas podían mantener el paso
Urpi iba con la frente en alto, sin hacer caso a los pies con heridas
Ni a la piel que se cocinaba ante el sol implacable
Miraba al horizonte distante, sabía que que su corazón se había quedado el algún lugar distante
Sentía el aire caliente que la ahogaba, pero no protestaba
A menudo las personas y la caravana debían detenerse
No murmuraba, no sé quejaba
En sus ojos estaban los de su amiga allá en la capital del imperio
Que la miraba suplicante: no me dejes
Parecían decir, pedir, suplicar
Tuvo que quejarla, quién te cuidará?
Pobre Chaskalla querida, ahora quien te abrazará en tus pesadillas?
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