Era un soldado, acostumbrado a obedecer. Debía matar a la adolescente torciendole el cuello y luego cortando su garganta y abrir su abdomen dejando sus vísceras al aire, para que los animales hagan el trabajo de desaparecerlo todo.
Ya había masticado bastante coca, pero no quería comer el pedazo verde de cactus que tenía. Sabía que con eso sentiría menos dolor al abrirse a si mismo las entrañas luego de cortar su muñeca izquierda y dejarse morir. Eran las órdenes, y de su cumplimiento dependía la vida de su familia. Así había sido siempre, tenía que cumplir.
Se acercó lentamente a Chaska por la espalda. Ella, al sentirlo se puso de pie y se quitó la pequeña lliclla, dejando su cuello libre. La extendió en el suelo mojado, que estaba negro aún y esperó en silencio, bien derechita, sabiendo lo que estaba por venir.
Una sola idea la consolaba. Pronto encontraría a Urpi en ese otro lugar a donde van todas las doncellas, pronto se encontrarían de nuevo, y cantarían juntas, bordando, hilando, cocinando, o solamente cantando porque les gustaba cantar...
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