Tari no se había percatado que la serpiente había subido por el otro lado del tronco en el momento de la lluvia, y había aprovechado cada movimiento suyo para ir deslizándose hacia arriba. Luego, muy lentamente, estaba bajando, pero no entendía por qué intentaba atacarlo, solo lo supo mucho tiempo después, cuando Shiram le explicó que ese era su nido.
Shiram trepó al árbol con una agilidad tal que Tari apenas pudo seguir. Llegaron a la cima. Shiram iba cantando en voz baja, abrazaba el tronco, acariciaba las ramas, ponía su frente a las hojas. Respeto. Tari lo entendía, pero solamente trepaba en silencio, respetuoso silencio. Era claro que el bosque está vivo y se merece todo ese respeto y mucho más.
Ya en la cima, Shiram le mostró el lugar de su aldea, y la dirección de donde él, Tari, había venido. Era cierto, no le costó mucho identificar el camino en el límite de la montaña, incluso le pareció ver algunas luces, quizá pequeñas fogatas.
Luego Shiram hizo un circulo varias veces alrededor de una zona cercana a dónde estaban y sonrió muy divertido. Tari se puso rojo de vergüenza. Ese había sido su recorrido...
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