Así retomó su relato mi abuelo cuando llegamos a la cima de la montaña. Habíamos dejado los atados de leña en la casa, tomamos un puñado de cancha y algo de charqui y salimos en silencio sin que nadie nos diga nada.
Somos los que vigilamos el orden de la cordillera, de los grandes lagos y ríos, de los valles y las punas, llegando incluso a esos lugares áridos y secos cerca a las grandes aguas (el océano).
Pero en el monte, el lugar de los bosques y pantanos, ahí es el reino del jaguar, el caimán y la anaconda. El balance debe continuar por el bien de todos. Ahí los espíritus del bosque no pueden ser solamente de formas animales conocidas, no. El espíritu del bosque no tiene forma, y adopta la que sea necesaria para lograr su cometido.
Y la mejor forma es la que simboliza el balance del bien y el mal, o lo que nosotros conocemos con ese nombre. No hay bien absoluto, ni tampoco mal absoluto en el bosque, depende de la forma en que lo mires. Nadie puede vencer al bosque, a su poder ancestral, a su capacidad de regenerarse y destruir todo aquello que no es suyo.
Y, para garantizar esto y mucho más, uno de los habitantes de las aldeas que ahí habitan, es seleccionado como el cuidador y guardian, al que hay que temer y respetar, que tiene poderes mágicos impresionantes y que puede curar y matar al mismo tiempo, siempre sonriendo, siempre cantando con esa voz pegajosa que más parece un silbido, y que te hipnotiza y te atrapa hagas lo que hagas.
Y, ese es el tunche, mi querido Tari, aquel que tú acabas de conocer y aquel que yo, a su debido momento, conocí también...
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