El nombre sonaba muy lejano, misterioso, irreal. Solo pronunciar ese nombre hacía que las muchachas sientan ese frío inexplicable que recorre la piel ante la presencia de algo monumental y prodigioso.
No entendieron bien la razón, pero Urpi tuvo que partir a Pachacamac con un grupo de sacerdotes y otras muchachas vigiladas por soldados bien armados.
Chaska protestó con vehemencia, pero la autoridad del sacerdote principal no admitía ninguna objeción. Y nadie iba a explicarles las razones por las que Urpi partía a ese templo milenario tan alejado.
Urpi lo aceptó en silencio, con la tranquilidad y serenidad de alguien que sabe no ser el dueño de su propio destino. Lo aceptó con mucho dolor cuando la sacaron de casa, pero ahora ya no. Solamente tenía pena por Chaska, a quien aún veía como esa niña delgada y menudita que lloraba en silencio cuando se encontraron
Ahora quien consolará a mi Chaquichay, quien vigilará sus sueños, quien calmará su llanto?
Así pensaba mientras el camino se hacía más y más pesado
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