jueves, 18 de diciembre de 2025

Poema 2455

Era enorme.
Tari no podía dar crédito a sus ojos. Aún atado a la rama del árbol, con la vara en posición de defensa, apenas podía aceptar lo que estaba viendo. El dardo del cazador aún estaba en la mandíbula de la enorme shushupe que apenas se movía en el suelo.

El cazador se acercó lentamente, tan rápido y sin hacer ningún ruido que los insectos y otros animales de la jungla siguieron en su fiesta sin percatarse. Quitó el dardo con cuidado, y metió a la serpiente en una especie de saco. Luego miró a Tari y le ofreció una mano. Tari soltó el bastón, cortó las lianas con el Tumi, luego también lo dejó caer, y con agilidad impresionante se deslizó por el tronco principal.

Ya en el suelo, se acercó al cazador. Se sorprendió aún más al ver el rostro de su salvador: pintado con líneas oscuras, pero claramente aún un adolescente, un poco mayor que él, estrechó la mano tendida y dijo:

Tari

Shiram 

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