Eso le iba diciendo el abuelo. Tari solamente asentía en silencio y su corazón latía sin poder controlarse. El tunche. Había escuchado tantas historias de los espíritus malignos de las selvas, que no podía creer que hubiese caído tan tontamente en las trampas y artilugios de tan malvado ser.
Ahora todo se hacía más claro ante sus ojos. Eso explicaba el motivo de que se hubiera perdido, de la lluvia y la serpiente, y de su impresionante salvación. También la razón por la que una shushupe lo atacara. Desde el inicio tuvo sus dudas, su corazón estaba demasiado tranquilo, su alma también.
Recordó las raciones compartidas, buscó el pequeño paquete y con furia lo lanzó por los aires. Apenas se había liberado de su mano, el paquetito fue atrapado al vuelo por el agil puño del abuelo, que lo atrajo hacia si con mucha curiosidad, lo empezó a abrir y tomó un pequeño bocado de la fariña.
Ya casi había olvidado este sabor, decía con sonrisas, mientras seguía comiendo también el pequeño trozo de pez seco. Hmm, decía, es tan delicioso...
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