Pero la visión lo atrapaba y no le dejaba salir, solo miraba y en su memoria estaban las palabras de Urpi: está bien, está bien, está bien
Con el tiempo se castigaría por no haber dicho más palabras, por no haberla tocado siquiera, aunque eso hubiese significado un castigo atroz
Las vírgenes seleccionadas son intocables, y desde el momento en que Urpi salió de su casa ya era una de la elegidas
Qué haría con esa piedrecilla? La conservaré a toda costa, fue su decisión impetuosa y firme. Miró a todos lados, nada le pertenecía, incluso la ropa que llevaba encima podría pasar a otro, y así era cuando crecía
Solamente su taparrabos era personal, y se iba agrandando de acuerdo a la edad. Se alegró de haber diseñado un pequeño bolso secreto en una de los costados, en alguna tarde de aquellas cuando, por andar de travieso, se rasgó y tuvo que repararlo. Era el lugar más seguro, y ahí lo puso
Te buscaré, Urpi, te buscaré
Se volvía a repetir en silencio, y las montañas heladas, y los cóndores en los cielos, y los arroyos cantarines, los pumas y las ninfas, hasta los apus y las estrellas repetían la voz melodiosa que para él era música y religión
Está bien, está bien