sábado, 20 de diciembre de 2025

Poema 2463

Me regañó con gestos, haciendo imágenes extrañas con las manos y la cara, los ojos y hasta la nariz. Era gracioso y extraño. Me untó con una especie de aceite por todo el cuerpo, lo que me devolvió el calor y dejé de temblar de frío. Siempre sonriendo, siempre cantando. 

Tenía un tono de voz extraño, raro, cautivador. No podías dejar de escucharlo. Era como una melodía mágica que te atrae cual mosca a una trampa de miel. Entré en calor y volví a respirar sin dificultad, dejando de toser y de temblar.

Cuando estaba por abrir la boca para preguntar por todas esas incógnitas e interrogantes que estaban torturando mi cabeza, mis sentidos y el alma misma, acercó hacia mi un cuenco pequeño que contenida algo líquido dentro. Ante mi estupor, apuró un sorbo del mismo y lo tragó con muestras de placer y agrado, y sonriendo me lo ofreció, otra vez.

Era una bebida algo ácida, pero me avivó rápidamente. El primer sorbo lo di con mucha cautela, pero luego, rápidamente acabé el contenido del cuenco, que de por si era pequeño. Estaba terminando de beber cuando noté que había puesto una hoja grande en el suelo, y sobre ella estaban algunos trozos irregulares de algo parecido a carne y unos trozos blancos más pequeños a su costado.

En este momento él tomó un pequeño trozo de ambos montones y los llevó a su boca, masticando lentamente y con mucho placer. Me indicó con señas a hacer lo mismo. Ahí conocí la fariña y el pescado seco. Una delicia al paladar...

Poema 2462

Todo iba muy bien, sin contratiempos. Nuestros hombres recogieron a la niña, hermosamente ataviada, y tomaron una ruta diferente a los que habían ido a nuestra aldea con el mismo fin.
Todos iban cantando a muy baja voz, no hubieron peleas, ni lágrimas, tampoco alegrías ni festejos. Tenía que ser así.

Al tratar de tomar una ruta paralela, continúa el relato el abuelo, en un momento sentí que no tenía piso bajo mis pies. Traté de agarrarme de lo que pude, mientras me deslizaba por una especie de catarata oculta y caí a una especie de laguna subterránea, que estaba en completa oscuridad. 

Empecé a flotar, tratando de llegar a la orilla, pero mis esfuerzos eran en vano. El agua entraba por mi boca y mi nariz, sentía que me quemaba el pecho, y poco a poco la oscuridad se apoderó de mi. Mis últimos pensamientos fueron para mí madre, mi abuelo, sentía haberles fallado, quería llorar.

Desperté de golpe, tosiendo. Aún era de noche, es cierto, pero la figura del tunche era fantástica. Su piel reflejaba la luz de las luciérnagas, sus dientes blancos sonreían, y su cabello negro contrastaba con su rostro. Estaba golpeando mi espalda con suavidad, hasta con cariño, y entonaba una especie de canción o silbido que me daba tranquilidad...

Poema 2461

Me sucedió en una situación similar a la tuya, empezó el relato su abuelo. También era un mozalbete impetuoso, intrigado por haber descubierto la posibilidad de emular al cóndor y al puma y vagar por las llanuras y las montañas. Sabía que era un regalo especial de los apus sagrados y de que tenía una responsabilidad mayor, por lo menos eso me dijo mi abuelo. Y me prohibió explícitamente ir a la jungla.

Esa prohibición avivó mi curiosidad, y, siendo la época del secuestro de las niñas, me escabulli entre el grupo de guerreros y los seguí hasta la aldea en la selva. Mi abuelo no iba en el grupo, pero si mi papá, y en la casa quedaron las mujeres con la niña lista para el "secuestro"

Era una costumbre ancestral. Cada cierta cantidad de generaciones se "secuestraba" una niña que debía ser no muy pequeña ni muy madura para que sea esposa de uno de los habitantes, muchas veces el jefe, para que así la sangre se renovara y no aparecieran tantas enfermedades. En los quipus estaba escrito que era costumbre de las primeras personas que llegaron desde los glaciares a estas tierras, y que sabían que, de no hacerse, los muchachos irían naciendo más débiles y enfermizos.

Y todos aceptaban esta costumbre, era la ley de la vida...

viernes, 19 de diciembre de 2025

Poema 2460

Tari miraba al abuelo con la boca abierta, sorprendido, asustado, sin saber que decir o hacer. Su mente volaba a mil por hora, enlazando ideas e imágenes, palabras, frases, hechos, y un temor visceral que se iba haciendo cada vez mayor mientras miraba al hombre viejo como masticaba con placer, disfrutando de la fariña y el pez seco.

Será él? Quizá solamente me dejó vivir para llegar hasta mi aldea y capturar a mi familia entera? Tantas historias le habían contado que, ya no solo había temor en su corazón, sino un terror que iba congelando lentamente sus pies.

Tomó valor, alargó la mano y tocó suavemente al abuelo en el hombro mientras preguntaba: Shi..ram?

El abuelo lo miró por unos segundos en silencio, luego empezó a reír con una carcajada tan sonora y enorme que despertó a todos los Apus de las montañas. El ruido fue tan intenso que muchos animales y aves salieron disparados de sus escondites y madrigueras y se dispersaron por la montaña.

Puso una mano sobre el hombro de Tari, y, con la misma voz del abuelo cariñoso de toda la vida, le dijo:

La misma pregunta le hice a mi abuelo en una situación similar. No, no soy el tunche, aunque me hubiese gustado serlo. Y no, el tunche no es solo esa maldad de los cuentos que nos cuentan, el tunche es mucho más, y ahora, ya es tiempo de que lo sepas...

Poema 2459

Todos vemos solo aquello que queremos ver, nos enfocamos en nuestros miedos y temores, y maximizamos aquello que confirma nuestras ideas, es entonces que perdemos la objetividad y nos convertimos en víctimas de nuestros prejuicios.

Eso le iba diciendo el abuelo. Tari solamente asentía en silencio y su corazón latía sin poder controlarse. El tunche. Había escuchado tantas historias de los espíritus malignos de las selvas, que no podía creer que hubiese caído tan tontamente en las trampas y artilugios de tan malvado ser.

Ahora todo se hacía más claro ante sus ojos. Eso explicaba el motivo de que se hubiera perdido, de la lluvia y la serpiente, y de su impresionante salvación. También la razón por la que una shushupe lo atacara. Desde el inicio tuvo sus dudas, su corazón estaba demasiado tranquilo, su alma también.

Recordó las raciones compartidas, buscó el pequeño paquete y con furia lo lanzó por los aires. Apenas se había liberado de su mano, el paquetito fue atrapado al vuelo por el agil puño del abuelo, que lo atrajo hacia si con mucha curiosidad, lo empezó a abrir y tomó un pequeño bocado de la fariña.

Ya casi había olvidado este sabor, decía con sonrisas, mientras seguía comiendo también el pequeño trozo de pez seco. Hmm, decía, es tan delicioso...

Poema 2458

La despedida fue amable y silenciosa, el camino fácil y ligero. Iba cantando también, tratando de recordar lo poco que entendió de lo que le había dicho Shiram. Es cierto, tenía un idioma muy diferente al de los suyos, pero pudieron entenderse con una mirada de cazador a cazador, de adolescente a adolescente, de niño a niño.

Antes de partir, compartieron sus provisiones. Carne seca por pescado seco, cancha por fariña. A Tari le causó una sensación extraña la comida de Shiram, y lo mismo le pasó a este último. Ambos hicieron gestos extraños al comer, luego rieron divertidos, guardaron lo que les sobró y marcharon cada quien en dirección de su hogar.

Al llegar al claro dónde había dejado los atados de leña encontró a su abuelo al lado de dos medianos. Lo miró con calma, lo atrajo hacia él y lo abrazó en silencio. Mamá y papá están muy preocupados, pero les dije que estabas bien. Me creyeron, luego hemos venido hasta aquí y se llevaron cada uno su atado de leña. Me alegra que estés bien

Y, sin decir más, alzó su paquete y empezó a caminar. Tari hizo lo suyo y caminaba en silencio detrás del abuelo, hasta que llegaron al lugar donde deben reposar un momento 

El abuelo rompió el silencio 
Entonces, encontraste al tunche, le dijo

No era una pregunta, era una afirmación. Y era una orden para que de detalles del encuentro 

Tari empezó a contar: se llama Shiram...

Poema 2457

El bosque está vivo.
Cada madero, cada leño, cad hoja de estos milenarios árboles tiene una historia que contar.
Una avecillas que aprendió a volar, o que en su intentó cayó y fue devorada por mil insectos, los cuales agradecieron a los cielos por el festín.

Un arácnido festejando su primera cacería exitosa, engullendo al insecto que no entiende las razones de no poder moverse. Un pequeño mamífero que, paralizado por mortal veneno, es engullido mientras aún puede ver la luz del sol, o de la luna y las estrellas.

Un pez que acaba de desovar y es engullido por otro más enorme que, a su vez, es devorado por un caimán. El eterno juego de la vida y la muerte, esa danza frenética de idas y venidas, de alegrías y tristezas. El bosque sigue ahí, por milenios, incluso los humanos que ahí viven lo escuchan y han logrado la armonía con el bosque ancestral 

Tari y Shiram están sentados en silencio en la cima del majestuoso árbol, sienten el aire frío que despide la noche y dan la bienvenida al majestuoso sol que acaba de nacer...