sábado, 13 de diciembre de 2025

Poema 2427

Y ya casi se habían acostumbrado a ese ritmo cansino y casi se paseo, pasando por ciudades todas desconocidas, similares y diferentes, que pensaban que pasarían años antes de llegar a su destino hasta que, algo pasó.

No entendieron la razón, pero hubo un gran tumulto entre los encargados. Sin previo aviso repartieron chicha especial a todos, y le dieron pequeñas porciones de coca, para masticar. Los más pequeños y débiles, que antes caminaban a un ritmo más ligero y despacio, fueron subidos a litera. Aumentaron las literas y los cargadores.

También aumentaron los soldados, que iban ya no tan lejos del grupo, e incluso acampaban y dormían directamente en los tambos. Los chaskis pasaban a cada rato. Parecía que el mundo se hubiera alocado, que todo iba más rápido. Inclusive, los últimos días caminaban hasta bien entrada la noche. Solo las lluvias los detuvieron, pero incluso cuando estaba garuando siguieron la ruta, no paraban.

Chaska le hizo notar a Urpi que de varios caminos aledaños traían a otras niñas y las entregaban sin ningún protocolo y casi sin detenerse. Solo la miraban y la unían al grupo, si estaba fuerte al de las que podían caminar, sino a las literas, donde comúnmente les hacían dormir.

Primero encontraron una gran muralla. En uno de los tambos, las cambiaron, las arreglaron, las peinaron. Urpi había confeccionado una especie de manta en todo el camino que se la colgaba en los hombros, la había adornado con hilos y algunas cosas que le había dado su mamá, y ese pedazo de madera negra extraña que le entregó Tari, la cosió de una manera especial, para que siempre esté en su pecho. Y se lo puso en los hombros, la madera hacía de botón.

Poema 2426

La caravana avanzaba lentamente, tanto que pasaban noches enteras hasta encontrar algún pueblo, luego las recién llegadas eran recibidas por las demás, siempre deseosas de darles un poco de calma, sobre todo para que dejen de llorar, ya que eso siempre las agobiaba.

Chaska demostró tener un buen apetito, y, poco a poco, el color de su rostro fue cambiando. Los primeros días se antojaba de comer tierra, pero de ésto se percataron las cuidadoras adultas e informaron al jefe del grupo. Le dieron un brebaje especial y la abrigaron un montón, a pesar de sus protestas. Una mañana asustó al grupo al llorar porque había vomitado una sustancia verdosa y con varios gusanos, incluso uno estaba aún en su nariz. La ayudaron, le dieron una bebida de diferentes hierbas, y luego de otro día (le contó a Urpi con mucha vergüenza que en sus heces habían muchos gusanos), sin previo aviso se le abrió un apetito voraz.

Le daban de comer a cada rato, y ella siempre pedía, no solamente papa y oca, quería charki, pescado, y le encantaba comer la caña. Fue desde entonces que el color de su cara empezó a cambiar, y su mirada se hizo más afilada e inquisitiva. Preguntaba todo, aprendía todo, con la venía de las cuidadoras y la alegría de Urpi, que la consideraba como de su responsabilidad.

En las noches frías, cuando estaban en las sierras, Urpi se abrazaba a Chaska, quien no tenía ni un poquito de frío, y no negaba a su amiga algo de su calor. 

Había nacido una amistad que iba a soportar muchas pruebas, y no se iba a quebrar. O si?

viernes, 12 de diciembre de 2025

Poema 2425

Pasaron varios meses, Tari ya había cumplido los 9 años, pero estaban tal alto como su papá, y sus piernas se veían más fuertes que las de él. Había agarrado por costumbre el salir a trotar a la montaña, llegando casi hasta la nieve, llevando siempre un poco de cancha y charki, y una vara de madera fuerte, que le servía para mil cosas.

Demoró mucho tiempo en darse valor para llegar al mismo sitio desde donde vió como la caravana donde se iba Urpi llegó hasta el lugar donde acamparon y donde el puma lo atacó y casi lo mata. Tenía miedo, mucho miedo, y siempre se repetía a si mismo: hoy no, mañana quizá.

Hasta que el día llegó. Con el pretexto de atrapar a un guanaco que había escapado, llegó hasta ese lugar y, para gran sorpresa suya, se percató de que no estaba solo ahí: al lado del guanaco, que se encontraba recostado masticando tranquilamente algo, su abuelo estaba sentado con su poncho que le cubría todo el cuerpo, su mirada fija al horizonte y una especie de sonrisa en los labios y una paz y tranquilidad monumental.

Le hizo un gesto de silencio, y Tari se quedó quieto, no se movió, solo atinó a mirar en la dirección que el abuelo le indicaba. Vió la gran ruta de piedras, el tambo en la cima de una pequeña montaña, el río y el otro rio, más montañas. No, no era eso lo que quería que viera, le hizo notar el abuelo, que tenía una mano puesta sobre el lomo del guanaco que estaba plácidamente recostado a su lado.

Mira de nuevo, le dijo en voz baja...

Para esto, Tari recién se había percatado que su abuelo estaba sentado sobre un pie y el otro estaba flotando en el aire, una posición muy rara e incomoda para su gusto, pero se preocupó más en mirar a dónde el abuelo le indicaba. Dejó de pensar, solo miraba, el viento en la cara, las luces del sol en el rostro, algunas gotas de agua, y cerró los ojos. Entonces lo sintió. Ese olor característico, medio dulzón y con una mezcla de sangre y tierra quemada. Abrió los párpados y sus ojos se encontraron con los del felino que los estaba acechando, aunque el cazador sabía de su desventaja, así que estaba en posición defensiva, listo para huir.

Un cóndor empezó a dar vueltas en derredor, el abuelo alzó una mano, y el puma salió de su escondite y se dirigió lentamente hacia otro lugar, como quien entiende que no era el momento ni el lugar de la cacería. Y se retiró en silencio.

Tari se sentó en el suelo, aspiró profundamente, y se dejó llevar por la magia de las cumbres, el aire helado, el cielo azul, y los olores de la vida que le llegaban con el viento gélido de la puna y que le hacían soñar...

Poema 2424

Pero el día de partir llegó. En el caso de Chaska, a su pueblo solamente llegó un delegado con algunos soldados, la caravana se quedó muy abajo, el clima de la puna es inclemente. 

El papá de Chaska solamente la abrazó, le dijo que se porte bien y nada más. Su mamá lloró muchas noches previas, pero en ese día se mantuvo seria y con una mirada retadora, silenciosa y ceremoniosa. La abrazó, le entregó su lliclla, que amarró a sus hombros con algunas cosas que le serían de utilidad, y le dió una palmada para que partiera.

Chaska caminó bien derechita, sin mirar atrás, no entregó su lliclla a nadie, no permitió que la alzaran en ningún momento y no pidió ni comida ni agua, aunque recibió lo que le daban y comió y bebió cuando todos lo hacían. Estaba segura que la cuidaban, por eso comía y bebia, y había decidido vivir.

Cuando se integraron a la caravana, se dirigieron a varias comarcas, y en todas siempre entregaban a una niña, a veces un niño también. Ella no entendía mucho de todo ésto. Solo en algunos pueblos donde hace mucho calor y la tierra se desarma bajo los pies, los niños lloraban mucho y los tenían que "mandar a dormir". Luego, cuando despertaban y volvían a llorar, los hacían dormir de nuevo. Iban en literas, cargados por hombres muy silenciosos, apartados del grupo principal.

Cuando despertaban hambrientos les daban de comer solo si dejaban de llorar. Y así, conforme avanzaba la caravana, la marcha se hacia muy silenciosa, y nunca se quedaban en ningún pueblo, solamente recogían a la niña o niños, y salían de la comarca para acampar en el camino, cerca a un tambo, en el camino de piedra principal.

Pero en las noches, cuando todos dormían, el llanto de algunos niños le hacía recordar a su choza en la puna, su papa recién hervida, su mamá y sus hermanitos, y la mirada firme aunque desolada de su papá. Y lloraba amargamente, porque sabía que nunca los volvería a ver de nuevo, nunca jamás... 

Poema 2423

A Chaska el frío no le hacía mucha mella, al contrario, parecía sentirse bien cuando Urpi de congelaba y sus dientes castañeaban chocando unos contra otros. En esos momentos la abrazaba y le cantaba las canciones de su mama en su natal terruño, allá en lo alto de la puna, dónde el agua brota directamente de la cumbre helada, en donde solamente crece el ichu y puedes sembrar únicamente algunas papas.

Era la mayor de su casa. Su papá era el jefe de la comarca por elección de los demás, ya que el anterior había muerto peleando contra los ejércitos de los incas que estaban en plena conquista. Fue su papá quien tuvo que arrodillarse frente al conquistador, agachando la cabeza. El Inca hizo que se pusiera de pie, le dijo que eran hermanos, lo abrazó y le dijo que se casaria con su hija mayor o su hermana. Al ver que Chaska apenas era una niña de 6 años, le dijo que estaría bien para ser de las seleccionadas, así que tomó a la hermana de su papá como esposa y se fué, con toda su comitiva.

La guerra había durado mucho tiempo. La comarca se había mudado varias veces, ya no tenían ni llamas ni guanacos, solamente papa. Chaska caminaba a duras penas, comían una papa al día, y eso hizo que se quedara pequeña, delgada y que su cabellera se hiciera rojiza.

Su piel se puso oscura por el sol de la puna, pero sus ojos marrones oscuros parecían de puma o de jaguar, miraba con una profundidad que atemorizaba a los demás. Su mamá se pasó noches enteras llorando cuando se enteró que se la llevarían, ella también, perdió el poco apetito que tenía y había decidido dejarse morir de hambre para no tener que dejar sola a su mamá con sus hermanitos... 

Poema 2422

Tari estuvo en cama con fiebres por varios días y sus noches. Le dolia el cuerpo entero y la piel le ardía de una manera que quería que todo se apague de una buena vez.
Le dieron chicha especial, y por vez primera masticó coca. El dolor disminuía, pero solo eso. Hubieron sesiones con grasa de diferentes animales y otros ungüentos y brebajes que incluso le hicieron vomitar.

Se curó. Su cuerpo tardó unas semanas más en reponerse, pero las heridas le dejaron cicatrices imborrables que le harían recordar toda la vida su imprudencia.

Le tomó algunos meses volver a ser el de antes, aunque se dió un estirón impresionante. Quizá fue la fiebre, o los brebajes, o el haber estado en cama tanto tiempo, o todo junto a la vez; lo que importa es que se hizo más alto que el resto de congéneres. Y su cuerpo volvió a ser vigoroso, y empezó a ejercitarlo, y sus pies se hicieron más ágiles y fuertes que antes.

Casi sin darse cuenta ya estaba de nuevo trotando por la montaña, compitiendo con los perros por atrapar a las llamas y guanacos, y también estaba corriendo hacia el río grande, iba y venía trayendo sobre los hombros bultos un poco mayores a los que llevaban sus congéneres. Se hizo muy útil en todas las labores, su papá y sus tíos le enseñaban las técnicas básicas del combate con la macana y la porra.

Su abuelo le seguía contando historias, mostrándole los nudos de los quipos, que para él eran un verdadero enigma. Y siempre lo miraba sonriente, sabedor de que su nieto se preparaba para algo grande.

Lo intuía, lo sabía, lo esperaba... 

Poema 2421

Al inicio de la travesía, que duró varias lunas, Urpi no se percató del camino, pues solamente tenía cabeza para pensar en su casa, sus hermanos, su mamá y por alguna razón en ese mocoso insolente del cual se resistía a recordar su nombre: Tari
Quién se llamaba así?! No recordaba a nadie en su familia ni en ningún otro lugar con ese nombre tan tonto y más adecuado para una niña.

Luego, se tapaba la cara con sus mantas y se escondía de las estrellas para que nadie descubra estos pensamientos. En su cabeza los dioses de las selvas y las montañas eran tan poderosos que podían poner sus ojos y orejas en las estrellas y espiar a todos los seres de la tierra.

Cerraba los ojos, con la esperanza de que así nadie la vería. A su lado una niña pequeña gemía y sollozaba ahogando su voz. Nadie quería ser escuchada, pero está pequeña parecía una bebé, demasiado frágil y más delgada que todas las demás. A su lado, Urpi se sentía una adulta, porque le llevaba casi una cabeza de altura, y además sabía que, de ser necesario, podría cargarla. Aunque no fue necesario, ella tenía una fortaleza espiritual que compensaba todo. Es cierto, lloraba en silencio, gemía, pero cuando estaba ante otras personas nunca nadie notaría su tristeza.

Chaska, así se llamaba, y llegó a ser la mejor amiga de Urpi.